Era el sexto evento de Outliers. Cincuenta personas en un salón, casi cien más siguiendo la conversación desde el grupo de WhatsApp. Camila Sáenz miraba la sala y hacía la cuenta en silencio: medio año atrás, esto eran diez amigos en una mesa larga del restaurante Niquito, hablando de Guatemala como quien habla de un proyecto pendiente. Ahora había desconocidos presentándose entre sí, intercambiando contactos, agendando cafés para la semana siguiente. Alguien se le acercó a decirle gracias por hacer esto. Ella sonrió, asintió, y entendió que lo que estaba ocurriendo en esa sala respondía a una necesidad que mucha gente venía cargando hace tiempo.
Una comunidad para los que vuelven, los que llegan y los que se quedan
Outliers es una comunidad de personas que quieren mejorar Guatemala. Esa es la definición corta, la que Camila usa cuando alguien le pregunta en una fiesta. La definición larga toma más tiempo, porque la comunidad reúne tres perfiles que rara vez coinciden en un mismo espacio. Lo que los une no tiene que ver con el pasaporte ni con la industria, sino con una forma compartida de mirar el país.
Hoy Outliers tiene una comunidad activa con encuentros semanales, eventos curados, colaboraciones que nacen entre miembros, y una lista de espera para entrar. Los formatos varían tanto como los miembros: recaudación de fondos para organizaciones que ya están trabajando para mejorar el país, clases de yoga, conferencias de negocios, alianzas con universidades, senderismo en la Laguna Ayarza, entre muchos otros.
La premisa que Camila usa para describir lo que hace cabe en tres palabras.
Impact
Business
Fun
El nombre viene del libro de Malcolm Gladwell publicado en 2008, Outliers: The Story of Success, cuya tesis central propone que el éxito individual está profundamente moldeado por el contexto, la oportunidad y la comunidad alrededor de cada persona. Es una elección de nombre que conversa directamente con lo que la comunidad busca construir.
Doce años afuera y una mirada que se fue afinando
Antes de Outliers, Camila vivió la versión nómada de una vida profesional. Doce años fuera de Guatemala, sesenta países en el cuerpo, residencias largas en Taiwán, Alemania, Kenia, Nepal y Filipinas. Estudió periodismo y comunicaciones, un MBA y un PhD en negocios. Daba clases de public speaking y entrepreneurship en MingChuan University, en Taipéi. Habla mandarín. Vivía en Taipéi, una de las ciudades más seguras del mundo, en un apartamento que le encantaba.
60 países
12 años fuera de Guatemala. Residencias largas en Taiwán, Alemania, Kenia, Nepal y Filipinas. Un MBA, un PhD en negocios, mandarín, y una empresa propia (TUTEEMI) en Taipéi con 150 tutores de 40 países diferentes.
Hacía seis años también fundó su propia empresa, TUTEEMI, que conecta a más de 150 tutores de 40 países diferentes con familias taiwanesas que buscan clases privadas en casa de español, inglés y francés para sus hijos. En todos los sentidos visibles, su vida estaba construida del otro lado del mundo.
Pero cada cierto tiempo, Guatemala volvía a aparecer en la conversación interna, menos como nostalgia y más como una pregunta que no terminaba de resolverse. Después de vivir en ecosistemas donde la gente conversaba de impacto, emprendimiento, ideas grandes y problemas estructurales como cosa normal, Camila empezó a preguntarse qué pasaría si esa forma de conversar se trasplantara a su país. La primera vez que intentó regresar, no funcionó. La segunda vez, decidió que sí, pero rápido se topó con el muro que muchos retornados conocen: la dificultad de encontrar gente con quien tener exactamente esas conversaciones.
El regreso que no encontró tribu
Esa segunda llegada fue determinante. Camila quería quedarse, pero no encontraba con quién pensar el país en voz alta. No era falta de gente talentosa, eso le quedó claro pronto, sino falta de un espacio donde esa gente se cruzara entre sí.
Pudo haberse resignado. Pudo haberse ido otra vez. En cambio, hizo lo que hacen las personas que llevan demasiado tiempo construyendo cosas: tomó la inquietud y la convirtió en proyecto. Una noche, después de otra cena que terminó con la misma sensación de no haber tocado los temas que importaban, abrió la computadora y armó un sitio web. Invitó a diez amigos cercanos. La regla tácita era simple: gente que estuviera generando algo, gente con ganas genuinas de aportar, gente para quien Guatemala fuera un sujeto activo y no una excusa.
Cuando regresé la segunda vez, realmente me quería quedar, pero no sabía por dónde empezar.
Camila Sáenz, fundadora de Outliers
De ahí salió todo lo demás. La comunidad fue creciendo orgánicamente porque la comunidad misma fue trayendo a la siguiente persona.
10 → 50 → 200
Diez personas el primer evento. Cincuenta en seis meses. Poco más de un año después, doscientas. Camila no conocía a mucha gente en Guatemala cuando empezó — la curva la dibujaron los referidos.
El año fuera y la prueba real
A los seis meses de haber arrancado los eventos, Camila se fue a Alemania y después a Taiwán para terminar su doctorado. La lógica habría sido pausar Outliers y retomarlo después. Pero dos miembros de la comunidad, Mariela y Victoria, levantaron la mano y ayudaron a Camila con seis eventos más durante ese año en el que ella no estuvo en el país.
Mientras ella estaba afuera, los mismos miembros habían empezado a co-crear los eventos, a proponer formatos, a traer gente nueva. Cuando Camila volvió a Guatemala, algo había cambiado. La comunidad ya no dependía de su presencia física. Outliers había dejado de ser un proyecto personal y se había convertido en algo más parecido a una infraestructura social que ya tenía vida propia.
Es la diferencia entre tener una idea buena y haber construido algo que respira solo.
Cuando Camila se fue eran cincuenta. Cuando volvió eran doscientos.
Cómo se siente entrar a Outliers
En un evento de Outliers, la primera diferencia se nota en los primeros cinco minutos. Las conversaciones no empiezan con el típico "¿a qué te dedicás?" como filtro de estatus, sino con preguntas más vivas: en qué estás trabajando, qué te trajo, qué estás tratando de resolver, cómo te puedo ayudar. La gente está genuinamente interesada en escuchar la historia del otro y en encontrar el punto donde sus caminos pueden cruzarse productivamente.
Esa disposición tiene nombre. La cultura del espacio se sostiene sobre un principio que Camila adoptó desde el inicio.
Las conversaciones tampoco son sobre la vida de otras personas, sino sobre la vida propia: experiencias en otros países, proyectos en marcha, ideas a medio cocinar, propuestas concretas para problemas concretos del país. De esa fricción positiva han salido alianzas profesionales, oportunidades de trabajo, proyectos compartidos y, sobre todo, la sensación de que estar haciendo cosas en Guatemala es menos solitario de lo que parece desde afuera.
El equipo y la tracción
Camila no construyó Outliers sola. Con el tiempo armó una comunidad que hoy sostiene la operación, la curaduría, los eventos y la experiencia de los miembros. Es una comunidad joven, la tracción todavía está creciendo, pero con una vitalidad que se nota: la lista de espera para entrar es una de las señales más claras de que el espacio resuena con algo más profundo que la novedad.
Lo que más enorgullece a Camila no es el número de miembros ni la frecuencia de eventos, sino los momentos en que alguien se le acerca a decirle "gracias a Outliers conocí a tal persona" o "se me abrió tal puerta". Esos micro-momentos son la métrica que importa, porque son la evidencia de que la comunidad está cumpliendo su función real: producir encuentros que de otra manera no habrían pasado. También el pilar de Impact: han logrado ayudar a personas y organizaciones que ya están aportando a Guatemala, como las donaciones a Casa David y a las Becas ITA de la UFM.
Por qué Guatemala necesita un espacio así
En un país con la historia de migración que tiene Guatemala, recuperar talento que se formó afuera tiene un valor estratégico que va más allá de lo simbólico. La literatura internacional sobre el tema lleva años corriéndose del concepto de brain drain hacia el de brain circulation y brain gain: la idea de que la migración calificada puede beneficiar al país de origen cuando existe el tejido para recibirla de vuelta.
Outliers también está cambiando, lentamente, la narrativa interna. En lugar de la conversación de queja —el tráfico del país, lo que no funciona, lo que falta— propone una conversación de construcción: qué estás haciendo, qué podemos hacer juntos, cómo movemos algo. Es un cambio pequeño en la superficie y mucho más grande de lo que parece cuando uno lo ve sostenerse en el tiempo.
El consejo, en dos palabras
Si Camila pudiera dejarle un solo consejo a alguien que está pensando empezar algo parecido, le diría que arranque ya. "Empieza ahorita", en sus palabras. Sin esperar a tener todo claro, sin esperar la versión perfecta del proyecto, sin esperar permiso. Las cosas importantes, según ella, pasan sin tanta planificación: uno arranca con lo más pequeño, va formalizando en el camino, y las personas correctas terminan llegando solas.
La invitación que cierra su mensaje es todavía más directa: todos deberíamos empezar siendo el cambio que queremos ver en el mundo —la frase de Gandhi—, porque el efecto dominó —the ripple effect— es real. Una conversación lleva a otra, una conexión abre una puerta, una puerta cambia una trayectoria. Y al final, eso es lo que mueve países.
Todos deberíamos empezar siendo el cambio que queremos ver en el mundo. El efecto dominó es real.
Camila Sáenz, fundadora de Outliers
Fuentes citadas
- Gladwell, Malcolm. Outliers: The Story of Success. Little, Brown and Company, noviembre de 2008. ISBN 978-0316017923.
- Frontiers in Research Metrics and Analytics. Engaging the Guatemala Scientific Diaspora: The Power of Networking and Shared Learning (2022).